El rey de los compases está felizmente casado. Solo que su reina no sabe de compases. Quizá por eso a veces está callada. Quizá está callada porque está enojada.
El rey de los compases no duda en narrar vívidamente sobre los grandes círculos, esferas y cubos que diseñó siguiendo las reglas que tan naturales le parecen. Su reina, au contraire, disfruta más de relatar victorias ajenas. Quizá por eso está enojada.
Quizá no está enojada. Y si lo estuviese, ¿Qué importa? Todo vale a la hora de ser parte de la realeza. ¿Qué otra forma os viene a la mente para hacer del impuro un príncipe?
Pero esta reina no lo piensa muy fuerte. Prefiere sentir. Debe ser porque pensar nunca lleva a nada bueno. Y en cambio el sentir...Ah! El sentir. Qué buena razón, siempre lista, siempre ahí.
La reina, una vez más, le pide cuentos al rey de los compases. A veces, refranes. Otras, biblias enteras llenas de imposibilidades que suenan hermosas, acariciando al oído y al siempre necesario sentir. Los pide no porque los quiera, o, menos aún, pueda entenderlos (Si no, sería la reina de lo literario). Los pide solo para verse a sí misma en él. Su impotencia. Arrebatarle su corona aunque sea solo por un rato. Pero no. O no siempre.
¿Y qué puede hacer ella? ¿Qué puede hacer cuando sus reclamos, sus intencionalmente imposibles reclamos, intentan torpemente ser satisfechos por un rejunte de cuentos sobre triángulos isóceles o refranes de bisectrices? No puede más que enojarse. Y no hablar. Y pensar en eso que quería. En esa hermosa utopía imposible que siempre exije a las agujas arrepentirse de sus pasos. Y callarse.
Quizá es mejor callarse. Quizá así no se den cuenta que ella no es la reina de los compases.
El rey de los compases lo sabe todo. Se tomó el delicado trabajo de calcular hasta el útlimo decimal de la nueva constante. ¿Cómo no haber visto lo ovalado de su impuro círculo? ¿Cómo, él, entre todos, él, no iba a tener arcadas midiendo los impares nueve lados de sus octágonos?
Pero eso que el rey de los compases mejor sabe, esa fórmula que mejor aprendió, es para dibujar un círculo que lo rodee, envuelva, sacuda y contenga. Solo hace falta que deje su compás de lado unos instantes, para dibujar a mano alzada ese inevitablemente ovalado círculo que lo haga sonreir después de sus reales tareas diurnas, para luego, por años (o al menos, eso espera) ir explicándoselo a la falsa reina de los compases, poco a poco, para, algún día, quizá, transformarla en una verídica reina de los compases. O perecer en el intento.
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